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Según “National Geographic”, Tivissa, en la Ribera d’Ebre, es uno de los pueblos más encantadores de Tarragona. Otros viajeros lo definen como uno de los más bellos de las Terres de l’Ebre, capaz de cautivar a quienes lo visitan, mientras que algunas publicaciones lo incluyen entre los cuatro pueblos más bonitos de la provincia.
Con todas estas recomendaciones, este par de “jubiletos” decidió irse de excursión hasta allí.
Nunca hemos hecho demasiado caso de esas afirmaciones tan esplendorosas porque preferimos descubrir los lugares a nuestra manera y sacar nuestras propias conclusiones. Y después de la visita, más que un pueblo “de postal”, nosotros diríamos que Tivissa es un municipio antiguo, tranquilo y con una historia que sorprende mucho más de lo que aparenta al llegar.
Pincelada histórica
Tivissa es un pueblo remoto, de raíces milenarias, donde se asentaron algunos de los primeros pobladores conocidos de la zona.
Su nombre es de origen íbero y posteriormente fue latinizado por los romanos como “Tibisi”. Parece proceder de la raíz ibérica “tivi”, que significa monte, y de la desinencia prerromana “issa”, relacionada con pueblo o ciudad.
Es decir, Tivissa vendría a significar “la ciudad de la colina”. Y realmente el pueblo hace honor a su nombre, porque se asienta sobre una elevación de unos 310 metros sobre el nivel del mar, rodeado de bosques y montañas que convierten el entorno en un lugar perfecto para disfrutar de la naturaleza y del senderismo.
Nuestra visita por el casco antiguo
Nada más llegar me gustó el pilón de bienvenida colocado en la entrada del pueblo. Desde allí ya pueden hacerse las primeras fotografías del conjunto urbano, con las casas agrupadas sobre la colina.
Muy cerca se encuentran también los antiguos lavaderos públicos de la Sèquia del Camí, construidos entre 1890 y 1900, que durante años sirvieron tanto para lavar la ropa como para regar los huertos cercanos.
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| Antiguos lavaderos públicos de la Sèquia del Camí |
Para quienes tengan buenas piernas andarinas, recomendaría dejar el coche en la zona de aparcamiento del Parc Vell y comenzar desde allí la visita a pie por el casco histórico.
Nosotros hicimos justo lo contrario.
Subimos en coche hasta la parte más alta, la plaza de la Baranova, porque allí se puede parar unos minutos para hacer fotografías sin necesidad de afrontar demasiadas cuestas. Después ya bajamos tranquilamente hasta el Parc Vell para iniciar el paseo por el entramado de calles empedradas y callejones estrechos del núcleo antiguo.
Es un recorrido agradable, sin prisas, ideal para ir descubriendo los dos portales que todavía se conservan del antiguo recinto fortificado, algunas casas señoriales de piedra y pequeñas plazas llenas de encanto.
Qué ver en Tivissa
La muralla del siglo XIV
Hoy aparece integrada en muchas de las fachadas exteriores de las casas, construidas con gruesos muros y pocas aberturas. De las tres entradas originales sólo se conservan dos: el Portal d’Avall y el Portal de l’Era.
Las casas pairales
Todavía permanecen en pie algunas viviendas históricas como Ca Ventura, Ca Eloi, Ca l’Hostal y Cal Rey, que parecen resistirse al paso de los siglos.
Los lavaderos públicos
Construidos entre 1890 y 1900, forman parte de esa memoria cotidiana de los pueblos que siempre me gusta detenerme a mirar.
La plaza de la Baranova
Es el espacio más amplio y representativo del pueblo. Además de su ambiente tranquilo, tiene un magnífico mirador desde donde se contemplan las montañas de Prades, la Serra de Montsant, Pàndols, Cavalls, Els Ports y la Serra de Cardó.
La iglesia de Sant Jaume
Este rincón, junto a la plaza de la Baranova, fue probablemente el lugar que más me gustó de Tivissa.
Lo más curioso es que en el siglo XIX, por falta de espacio, se construyó una iglesia nueva alrededor de la antigua iglesia gótica. De esta manera, hoy, una permanece dentro de la otra y todavía pueden apreciarse ambas estructuras de forma visible.
En un par de horas puede recorrerse tranquilamente lo más destacado del pueblo.
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| La Iglesia de Sant Jaume |
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| Plaza de la Baranova |
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| Torre de la Iglesia de Sant Jaume |
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| Mirador de la plaza Baranova |
Después disfrutamos de un almuerzo tradicional en uno de los restaurantes locales. Ya con el café sobre la mesa, terminamos conversando con un vecino del pueblo, y aquella charla resultó casi tan interesante como la propia visita.
Porque a veces la verdadera magia de un lugar no está en los monumentos ni en las listas de “los pueblos más bonitos”, sino en esas pequeñas conversaciones y descubrimientos personales que uno se lleva de regreso a casa.
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